¿Por qué elegí “El jardín de Momo”?

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Soy Mónica, madre de una niña de 4 años que disfruta en “Momo” desde hace un año.

Soy psicóloga infantil e inicié mi carrera profesional en escuelas infantiles. Sólo duré un año y en ese momento decidí que si algún día tenía un bebé, jamás lo llevaría a una guardería. Lo he cumplido.

Mi hija estuvo conmigo y con la familia exclusivamente hasta que cumplió 3 años. A esa edad, empecé a ver en ella la necesidad de ampliar su “mundo” y decidí buscar un espacio respetuoso para ella. El Jardín de Momo me enamoró desde el principio y no dudé un segundo en que quería que mi hija pudiese estar allí.

Estos fueron los motivos principales que hicieron que “Momo” fuese mi elección, de la cual me alegro mucho un año después:

– El período de adaptación es acompañado por un adulto de la familia. Las niñas conocen el espacio, a las acompañantes y a sus compañeras acompañadas por su madre u otro familiar. Deciden cuándo quieren quedarse sin el familiar acompañante, cuando están preparadas, respetándose su ritmo en todo momento.

– La ratio es de máximo 5 niñas por acompañante. La atención es muy cercana y personal.

– Las acompañantes son afectuosas, se vinculan emocionalmente con las niñas, son empáticas, respetuosas, accesibles… Es más, ahora son mis amigas

– Puedo hablar cada día con las adultas que acompañan a mi hija, de manera fluida, con la seguridad de que me van a transmitir lo que sea necesario y que yo puedo contar con ellas para cualquier cuestión que afecte a mi hija.

– El juego libre y la no directividad son la base del día a día. Mi hija toma sus propias decisiones, crece y se desarrolla libremente, en un ambiente relajado y feliz.

Mónica.

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Sí A LA ESCUELA ALTERNATIVA O ACTIVA

Carmen-fotoLa primera infancia es algo crucial para el desarrollo del ser humano. Con cada movimiento que realiza un niño, con cada juego, aprende algo nuevo, desarrolla sus propios esquemas cerebrales, se van haciendo las conexiones necesarias para el crecimiento mental y corporal. Por eso cada movimiento es importante y en los colegios ordinarios este movimiento, este juego tan necesario, es frustrado, prohibido. Desde bien pequeños se les obliga a trabajar sentados durante seis horas al día y a hacer fichas sin ningún significado o memorizar datos sin interés para ellos, simplemente para mostrar a los padres que están haciendo algo, que están “aprendiendo”. Lo sé porque he trabajado en centros convencionales y veo más lógico que cada uno vaya haciendo su propio aprendizaje a través del juego y el movimiento, porque cada niño es único.
Entiendo que a algunos padres esto les parezca bien, porque es lo que nosotros hemos aprendido como normal, es lo que hemos vivido e interiorizado; pero a mi es algo que me chirriaba en la cabeza, incluso cuando era alumna de estos sitios; hasta que un día algo hizo click.
Investigué, descubrí y estudie diferentes pedagogías como la Waldorf, Montessori, Rebeca Wild, Reggio Emilia… todas y cada una de ellas válidas, muy válidas. Porque respetan al menor, les dejan aprender a su ritmo, les permiten razonar con lógica, comunicarse y expresarse mejor con niños y acompañantes, les ofrece un mundo de posibilidades, descubrir sus propios límites, aumentar su creatividad, relacionarse en el respeto…
Por eso y otras razones digo Sí a las escuelas alternativas, digo Sí a la educación en el respeto, digo Sí a que aprendan el mundo por sí mismos, acompañados pero descubriendo ellos, digo Sí a espacios con pocos niños, porque ellos lo necesitan, digo Sí a estar muchas horas al aire libre. Es para mí la mejor opción, pero cada uno tiene que valorar lo que tenga que valorar.
Este curso, nuestro pequeño empieza aquí mismo, donde el periodo de adaptación (o familiarización, como me gusta llamarlo a mi) dura casi un mes, donde cada día algún familiar (madre, padre, abuelos…) le acompaña a este espacio para que lo conozca, para que se vaya familiarizando y sintiendo a gusto con los demás niños, con los acompañantes, con la escuelita. Este es un lugar donde las familias son partícipes de todo, donde somos una gran familia, un equipo, una comunidad donde él podrá aprender investigando, jugando, descubriendo por sí mismo y sin prisa… y para nosotros esto es muy importante.
Las comparaciones son odiosas, pero es que no tiene nada que ver una escuelita así con una convencional. Nada que ver con lo que necesitan los más pequeños en este primer septenio de sus vidas, que serán las raíces de un buen futuro. Ni comparación tiene los espacios o la libertad de moverse por ellos, las horas de “recreo” con los apenas treinta minutos que les dejan para comerse el bocadillo, el tiempo que se les puede dedicar a cada uno porque las aulas no están masificadas. A mí me parece todo más humanizado que lo que he visto y vivido en otros centros escolares.
Lo que está claro es que esta educación en el respeto hacia el menor empieza en el propio hogar y que si no nos queda otro remedio que llevarlo a una escuela tradicional siempre queda el hogar para enseñar en la tolerancia y la atención (ojo: que no implica libertinaje, ni libre albedrio), y siempre hay que pensar y auto-convencerse de que se está haciendo lo mejor que uno puede para ellos, si no nos volveríamos locos y sufriríamos demasiado.
Poco a poco está habiendo un despertar de la conciencia mundial y cada vez se ven más escuelitas como El Jardín de Momo, o asociaciones de padres como El palomar o muchas más Madres de Día, donde el niño es mirado y observado porque se dispone de ese tiempo, básicamente porque el ratio es reducido. Esas miradas son muy importantes y necesarias para ellos, sobre todo en este siglo de desconexión, que con tanta tecnología estamos perdiendo un básico: la mirada.

Carmen Molina